Clonación, si la oveja Dolly levantara la cabeza...
- Hace 10 años (en 2003) murió el ovino más famoso
- Su creación abrió la puerta a la clonación de mamíferos
- Los intentos para repetir el experimento en humanos no han funcionado
CLONACIÓN ANIMAL
LA OVEJA DOLLY
Después
de viajar en el tiempo y destruir el mundo, la clonación representa
seguramente uno de los primeros clichés sobre el mito del científico
loco que le vienen a cualquiera a la cabeza, y clonar ovejas ya
parece de chiste. Esas dos —la alarma ética y la broma fácil—
fueron de hecho las reacciones más comunes que suscitó el
nacimiento de Dolly en febrero de 1997. Es muy comprensible, y el
propio CREADOR, Ian Wilmut, embriólogo del Instituto Roslin de
Edimburgo contribuyó no poco a ello con su estilo distante,
abstraído y un punto chacotero.
Como
material de partida, por ejemplo, el investigador escocés no utilizó
una oveja viva —que hubiera pasado a la historia como la madre
genética de Dolly o el original del que se sacó la fotocopia—,
sino un insustancial pedazo de glándula mamaria guardado en un
congelador de su laboratorio. Esta planificación experimental
descuidada, o al menos subóptima, ayudó a suscitar, dentro y fuera
de la comunidad científica, actitudes escépticas que tardaron años
en despejarse del todo. El propio nombre de la oveja es un chiste
algo grueso sobre ese origen mamario de su genoma y las medidas de la
cantante country de Tennessee Dolly Parton.
Pero lejos de la luz pública y al resguardo de los chistes verdes, los biólogos del desarrollo recibieron el experimento de Wilmut sinceramente deslumbrados: hasta ese momento habían permanecido confundidos sobre una cuestión central de su disciplina.
El
cuerpo está hecho de trillones de células —neuronas del cerebro,
glóbulos blancos de la sangre, hepatocitos del hígado—, y todas
ellas provienen de una sola, el cigoto que resulta de la fusión de
un óvulo y un espermatozoide. El problema central de la biología
del desarrollo es entender cómo ese único genoma original se
especializa en el genoma de una neurona, de un glóbulo blanco o de
un hepatocito, que hacen cosas tan distintas.
El
descubrimiento de las células iPS ha supuesto una alternativa
Los
científicos llevaban décadas intentando clonar mamíferos de todo
tipo, y habían fracasado tantas veces que, para los años noventa se
habían convencido de que sus fallos querían decir algo: que el
desarrollo se basaba en cambios irreversibles en el genoma de las
células; que en las células del adulto no había ningún genoma
original intacto, sino solo genomas de neurona, de glóbulo blanco o
de hepatocito; que el desarrollo era una calle de dirección única;
y que así cómo les iba a salir el experimento.
Por
eso Dolly fue tan importante científicamente. Todo su genoma
provenía de una célula adulta y especializada en producir leche;
pero era obvio que ese genoma estaba lo bastante intacto como para
recapitular el desarrollo entero, puesto que Dolly tenía neuronas,
corazón, hígado y tanta lana como cualquier otra de su raza, que
por cierto era un híbrido de Finlandesa y Dorset. La mera existencia
de Dolly refutó la teoría prevalente sobre el desarrollo humano, y
por tanto recondujo toda la experimentación del campo.
LA MUERTE DE DOLLY
Cuando
murió la oveja Dolly, hace ahora 10 años, el campo de la clonación
que ella misma había inaugurado seguía un curso tan delicado y
apacible como una mañana de junio, hasta el punto de que la mayor
polémica del momento versó sobre la esperanza de vida de las ovejas
en Europa y la conveniencia o no de mantenerlas estabuladas en los
climas húmedos del fiordo de Forth.
La
muerte temprana del animal no tuvo que ver con el proceso
En
vida de Dolly, Wilmut se pronunció vigorosamente por las
aplicaciones clínicas de la clonación, como hicieron muchos otros
científicos en todo el mundo, y utilizó su prestigio para persuadir
al Gobierno británico de promover las regulaciones necesarias. Pero
el estilo indolente o desaliñado que había mostrado cuando nació
la oveja pareció asomar de nuevo al morir el animal en 2003, a los
seis años de edad.
Hay
mitos científicos populares casi imposibles de erradicar. Las
vacunas matan niños, los transgénicos dan alergia, la gripe A fue
un invento de la Organización Mundial de la Salud en contubernio con
la industria farmacéutica. Otro de ellos es que la oveja Dolly
sufrió una muerte prematura, pagando así en sus carnes por la
arrogancia y endiosamiento de sus creadores, ¿no es cierto? No. La
realidad es que Dolly murió de un adenocarcinoma pulmonar ovino
(OPA), un cáncer de pulmón de origen vírico muy común en toda
Europa y que ataca a las ovejas jóvenes, mucho antes de que cumplan
los 11 años que en teoría, o en condiciones ideales, alcanzan los
de su especie.
Pues
bien. Dolly murió el 14 de febrero de 2003. Pese a que el mito de la
muerte prematura se propagó al instante, y pese a que ello arrojaba
graves sospechas sobre la seguridad de la clonación y su aplicación
clínica, Wilmut no hizo el menor ademán de desmentirlo durante las
siete semanas siguientes. El 3 de abril, este diario tuvo que
extraerle con fórceps que “la muerte de Dolly no tuvo nada que ver
con su clonación”. Cuando le pregunté por qué no había dicho
nada hasta entonces, respondió:
—Quisimos
anunciarlo el día de la muerte y el veterinario nos disuadió.
Quería ver antes la autopsia.
Ese
es Wilmut. El veterinario le disuadió.
CLONACIÓN EN OTRAS ESPECIES
Las aplicaciones del trabajo están aún en sus primeras fases
El
experimento pionero de Wilmut fue solo el primero de una lista que ya
se va haciendo larga. De momento los científicos han logrado clonar
unas 20 especies animales, entre ellos mamíferos como el gato y el
ratón, la rata y el venado, el cerdo y el conejo, la yegua de
carreras y el toro de lidia. Algunos de estos experimentos tienen
claros objetivos científicos, otros igualmente claros fines
económicos, y algunos se deben más bien a una especie de tic
clonador, a la necesidad de hacer algo por el mero hecho de que puede
hacerse.
CLONACION HUMANA
Solo un año después de la muerte de Dolly, creímos disponer ya de los primeros clones humanos, y no era cierto. No había tal, y sigue sin haberlo; incluso es posible que no haga falta, al menos hasta que Dolly levante la cabeza.
Mal
podía sospechar el famoso óvido escocés que, incluso en el mismo
momento en que exhalaba su último suspiro,
un veterinario coreano llamado Hwang Woo-suk estaba maquinando uno de
los planes más audaces y maquiavélicos de la historia de la
ciencia;
que solo un año después se anunciaría la primera clonación
humana; en otro año los primeros cultivos de células madre
genéticamente idénticos a cualquier paciente; y en otro más que
todo ello era un fraude monumental. Ay Dios mío si la oveja Dolly
levantara la cabeza.
CLONACIÓN Y PREMIO NOBEL
El investigador, Ian Wilmut,se quedó el año pasado sin Nobel
El fallecido lanudo, por otro lado, ha estado en un tris de llevarse el último premio Nobel de Medicina. En vez de galardonar al creador de Dolly, la Academia sueca ha preferido premiar a su causa y a su efecto, por así decir: a John Gurdon, que clonó en los años setenta al precedente de Dolly —una rana sin nombre que no alcanzó los titulares de la época— y a Shinya Yamanaka, que ha logrado en los últimos años un tipo de células madre (células iPS) genéticamente idénticas a cualquier paciente, y que constituyen la gran promesa actual de la medicina regenerativa. Wilmut, en medio de estos dos hitos, se quedó sin premio Nobel, aunque ahora se llama sir Ian Wilmut, que casi es más en algunos círculos británicos.TABLA RESUMEN INVESTIGADORES Y CLONACIÓN
John B. Gurdon y Shinya Yamanaka han sido galardonados con el
premio Nobel de Medicina y Fisiología 2012. El trabajo de ambos investigadores
ha revolucionado la medicina regenerativa, al establecer las bases para
reprogramar células adultas en células pluripotentes (madre).
Se trata de uno de los premios más cercanos a la
actualidad, ya que los trabajos de Yamanaka, que estableció los genes que había
que manipular, son recientes: los publicó en 2006.
El método de reprogramación
descubierto por Yamanaka es muy simple: consiste en añadir a las células
adultas (él lo hizo con células de la piel) tan solo cuatro genes, o bien las
cinco proteínas que esos genes fabrican. Con ello consiguió que estas células volvieran
a un estado similar al de las células embrionarias, con lo cual se podían
después diferenciar en cualquier otro tejido. Con ello consiguió lo que ya se
conocen como iPS -células
pluripotenciales inducidas- (por sus siglas en inglés). Esta simplicidad es muy deseable si estas técnicas están
llamadas a llegar algún día a la práctica clínica. Este material tiene
la ventaja de que es fácil de conseguir (no necesita un embrión) y, en un
futuro, podrán aprovecharse con facilidad ya que como tienen los mismos genes
de la persona en la que se va a usar, evitará el complicado problema de los
rechazos.
Yamanaka ha dado, hasta ahora, el último paso en este
campo, el británico Gurdon ya había empezado el camino 40 años antes, cuando
demostró que el núcleo de cada célula mantenía la información para
diferenciarse en cualquier otro tejido, y que lo que sucedía era que las
instrucciones correspondientes se mantenían desactivadas. Para ello, en 1962
realizó la primera clonación de un vertebrado: introdujo el núcleo de una
célula intestinal de una rana en un óvulo (por lo tanto ya adulta y
diferenciada), y demostró que el embrión así creado se desarrollaba hasta la
fase adulta. Lo mismo que realizó en 1996 Wilmut con Dolly.
Los 34 años intermedios fueron la confirmación de que el proceso así contado no
es tan sencillo. El núcleo de una célula no es solo genes. Cada vez está más
claro que lo verdaderamente importante desde un punto de vista práctico es lo
que hace que uno de estos se exprese o no lo haga, y de eso se encarga lo que
se ha denominado epigenética, que estudia los factores de activación o
silenciamiento.
Existe por lo tanto un sistema de señalización —la epigenética— que
permite identificar qué instrucciones
hay que usar para construir el ser vivo adecuado. De hecho, parece que con la
evolución este sistema de códigos se va complicando, y el hecho de que todavía
no se haya conseguido clonar seres humanos —cuestiones éticas aparte— es lo que
ha impedido que se haya utilizado la técnica en humanos.
Precisamente son las cuestiones éticas unas de las que
más han empujado el trabajo de Yamanaka. La idea de conseguir células madre sin
la necesidad de recurrir a embriones, solventa el problema ético de la
destrucción del embrión en fase de blastocisto (esfera de células
indiferenciadas de células de los primeros 14 días de gestación).
Con los trabajos de Yamanaka estos reparos se solventan.
Aunque su principal aportación es su relativa simplicidad, que puede apostar
porque en un futuro cercano habrá una cantidad de células madre disponibles
casi sin límite. Claro que todavía hay algunas pegas, como que la
reprogramación no es total, y las células iPS mantienen algunas características
adquiridas por las células adultas,
(como adición del grupo metil –CH3 en ciertos lugares de los genes), que las lleva a la propensión a
ciertas enfermedades.
Gurdon y Yamanaka se convertirán, respectivamente, en los
premiados con el Nobel de Medicina número 200 y 201.




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